En el espejo

by Espadachin

Tags: #dom:male #m/f #microfiction #pov:top #Spanish #sub:female

Patricia comienza a maquillarse en ropa interior delante de su chico y este no se puede contener.

Fue un buen sábado. Habíamos estado comiendo con amigos y por la noche teníamos otro plan que se prolongaría hasta la madrugada así que, previsoramente, decidimos dormir una buena siesta.

Como siempre, me desperté antes que Patricia y decidí aprovechar para ducharme y vestirme. Ya estaba listo cuando ella se levantó para comenzar su ritual y andaba entre el zapping de la tele y el Twitter cuando algo me llamó la atención poderosamente. Había comenzado a maquillarse en ropa interior, con la puerta del baño abierta y su perfecto culo se contoneaba a unos metros de mí. El deseo de follarmelo fue instantáneo y no pensaba reprimirlo. Podíamos llegar un poco tarde a la fiesta, nadie lo iba a notar.

Me acerqué por detrás y agarré esas hermosas nalgas. Ella adivinó la intención. “Déjame, no tenemos tiempo ni de uno rapidito.”, protestó. Mi única respuesta fue susurrarle “No apartes la mirada del espejo.”, y miré mi reflejo como si quisiera atravesar la pared.

Sus ojos se encontraron con los míos y en esa boca de labios sensuales se formó un “Oh” perfecto que terminó de consolidar mi erección. “Mírame a los ojos, Patricia. Sabes que no puedes resistirte. Conoces la voz de tu amo. ¿Quién es tu amo, Patricia?”, mis palabras acariciaban sus oídos.

“Tú eres mi amo.”, respondió ella con voz monótona. “Piérdete en la profundidad de mis ojos. Sabes que no puedes escapar. Cae, cae, cada vez más profundo, más profundo.”, mis palabras buscaron y encontraron la parte de su mente que la desactivaba por completo.

Las manos de Patricia, a medio camino de su boca con la barra de labios, cayeron plácidamente a su costado y la barra rebotó contra el lavabo pero el sonido ni la inmutó. Sus ojos estaban perdidos y vidriosos mirando el reflejo de los míos. Sus facciones relajadas. Ni siquiera había intentado resistirse un poquito, sacar su lado respondón más allá de la tímida protesta inicial. Mi mano se deslizó entre su tanga y su entrepierna para encontrar una nada sorprendente humedad.

“Dime, Patricia, ¿qué deseas?”, indagué. “Deseo que me folles. Me he levantado cachondisima de la siesta y he decidido provocarte a ver lo que hacías.” Y ahí estaba la brat y la respuesta a que todo hubiera sido tan sencillo.

Mi mano forcejeó un poco con el cierre del sujetador para revelar esas tetas rotundas y apetecibles. Algún día, no muy lejano, tenía que hipnotizarla con ellas. Si se jactaba de, metafóricamente, hipnotizar a los hombres con su escote (cosa que había comprobado de primera mano) había que comprobar si también funcionaban con ella.

Con una mano estrujaba sus pechos y la otra alternaba entre su clítoris y sus nalgas. Mi voz le recordaba que estaba siendo programada, que era una muñeca, una esclava, vacía, en blanco. Que obedecerme era lo más placentero del mundo. Escucharla repetir sus mantras era casi, casi como estar en el paraíso. Su respiración se volvió más entrecortada, empezaba a jadear. Estaba tan bien entrenada que podía llegar al orgamos por puro condicionamiento hipnótico, pero eso no era lo que queríamos ninguno de los dos.

La llevé al sofá de la mano, me quité los pantalones y tiré un cojín al suelo. “Esclava, hazme lo que más te gusta hacer en el mundo”, le ordené. Y con un “Sí, amo”, comenzó una de esas mamadas marca de la casa.

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